Uno de los errores más comunes en la agricultura es pensar que regar más siempre es mejor. En realidad, la clave está en entender cuánta agua necesita realmente el cultivo y cuándo la necesita. Aquí es donde entran dos conceptos fundamentales: la evapotranspiración y el déficit de presión de vapor (DPV).
La evapotranspiración puede entenderse como el “consumo total de agua” del cultivo. Es el resultado de dos procesos naturales que ocurren todo el tiempo: el agua que se evapora desde el suelo y la que las plantas liberan a través de sus hojas . Aunque no lo veamos directamente, este proceso está ocurriendo constantemente y define cuánta agua pierde el sistema suelo-planta hacia la atmósfera.
Comprender esto cambia completamente la forma de regar. En lugar de aplicar agua con base en rutinas fijas o experiencia empírica, medir la evapotranspiración permite ajustar el riego a la demanda real del cultivo. Esto se traduce en decisiones mucho más precisas: ni exceso de agua que sature el suelo y desperdicie recursos, ni déficit que genere estrés y afecte el desarrollo de la planta.
Pero la historia no termina ahí. El ambiente también juega un papel decisivo, y es precisamente lo que captura el DPV. Este indicador refleja qué tan “sediento” está el aire. Cuando el ambiente es seco, el aire tiene mayor capacidad de extraer agua de las plantas, acelerando la pérdida de humedad. Por el contrario, en condiciones húmedas, esa pérdida se reduce.
El DPV, entonces, no mide directamente el agua en el suelo, sino la presión que ejerce la atmósfera sobre la planta. Y esa presión tiene efectos directos en su fisiología. Influye en la apertura de los estomas, en la velocidad de transpiración y en la forma en que la planta absorbe agua y nutrientes. Cuando el DPV es muy alto, la planta puede entrar en estrés, incluso si hay suficiente agua en el suelo. Cuando es muy bajo, se pueden generar condiciones que favorezcan enfermedades.
Por eso, monitorear el DPV permite anticiparse a situaciones críticas. No se trata solo de reaccionar, sino de entender cómo está respondiendo el cultivo en tiempo real frente al clima.
Cuando se combinan ambos indicadores —evapotranspiración y DPV— el manejo del riego da un salto importante. La evapotranspiración indica cuánto agua se está perdiendo, mientras que el DPV explica por qué está ocurriendo y qué tan intensa es esa demanda. Juntos ofrecen una visión mucho más completa del sistema, permitiendo pasar de un manejo basado en suposiciones a uno basado en datos.
En la práctica, esto se traduce en cultivos más equilibrados, con menor estrés, mejor aprovechamiento del agua y, en muchos casos, una mejora en la calidad del producto final. En frutas, por ejemplo, puede influir en aspectos como tamaño, firmeza o contenido de azúcares, variables clave para el mercado.
Hoy en día, donde la eficiencia en el uso del agua es cada vez más importante, entender estos conceptos deja de ser opcional. La evapotranspiración y el DPV no son solo términos técnicos: son herramientas que permiten producir mejor, con menos recursos y con mayor control sobre el resultado final.
Fuente: Documento 056 de estudio de la FAO para riego y drenaje